domingo, 8 de mayo de 2011

ABRACADABRA. por Miriam Araujo

Abracadabra


Deidad de Siria, a cuyo nombre, repetido un número determinado de veces y de cierta manera, se le atribuyen virtudes mágicas para curar la fiebre y otras enfermedades. Después llegaron los magos y la emplearon para explicar la procedencia etérea y misteriosa de sus habilidades, pues en boca de personas normales no surtía efecto alguno, quizás por no estar bendecido por esos mismos dioses. Algunas personas llevaban este nombre escrito en una cinta, en un papel o en la misma piel, y hoy suele usarse como sinónimo de cosa misteriosa y sorprendente por lo ininteligible.

La etimología de esta palabra cabalística es muy incierta, pues unos la hacen provenir del hebreo "Ab": padre, "ruah", espíritu, y "dabar", palabra: etimología según la cual abracadabra podría significar: la Trinidad, especialmente por que el Hijo también está unido al Verbo. Por ello otros creen que "dabar" es verbo, palabra, y "abraca", bendixit, bendijo, el Verbo (lo) bendijo. También hay quien, finamente, considera esta palabra como compuesta de Abraxas, denominación Persa de la divinidad y del hebreo "dabar", palabra, palabra divina, mientras que otros creen que proviene de la repetición del nombre ABRAXAS.

Puede escribirse de varios modos pero siempre en forma de triangulo:


Trazada de esta manera, la palabra era un eficaz encantamiento contra las fiebres intermitentes, aunque para ello era también preciso que se escribiese en un pergamino cuadrado que el enfermo debía llevar colgado del cuello con un hilo que hubiese cruzado el pergamino. Si el enfermo lo había llevado así durante ocho días, al noveno tenia que ir a un río cuyas aguas corrieran en dirección al Oriente, quitarse el pergamino y arrojarlo hacia atrás sin volver la cabeza.

La creencia en la virtud curativa de ciertas palabras mágicas se remonta a la mas oscura antigüedad y ha llegado hasta nuestros dias. Esta virtud curativa fue reconocida oficialmente el 13 de octubre de 1654 por el Rey de Portugal Juan IV, quien concedió a Prudencio Hernandez cuarenta mil reis anuales por las curas hechas por palabras, y para que asistiese al ejercito y éste pudiese valerse de él. Sin embargo, otra practicante, en este caso, Ana Martín fue condenada, porque curaba bendiciendo, como antes era uso, y aplicando al enfermo, para mayor seguridad, la llamada "rezados feiticos, para servir toda doenca". También usaba esta curandera portuguesa la oración del ángel custodio, por ser muy eficaz para expulsar todos los achaques y aun los espíritus malignos, a los cuales hacía salir del cuerpo de los poseídos por el demonio. En el proceso contra Ana martín, en 1694, se mostró la llamada oración, con que curaba a los enfermos, algo inocuo y estéril.